Lactancia y Amor

Hoy es el último día de La Semana De La Lactancia Materna, celebrada desde el 1ro al 7 agosto en más de 170 países. La semana mundial de la lactancia materna se instauró oficialmente en 1992 por la Organización Mundial de la Salud y UNICEF. 

En ese sentido, me gustaría compartir mi experiencia sobre amamantar. 

A veces la presión social para dar pecho a lxs bebés es abrumadora; y de por sí, cuidar la vida de otra persona ya es preocupación constante, con este peso el cuerpo termina por no ceder a las presiones. 

Yo parí a los 20 años. Jamás en mi vida había cargado a un bebé y no tenía ni idea de qué hacer con mi hija. Me la entregaron y me dijeron que la alimentara. Eso intenté pero ella dormía, lo que me pareció muy normal. Pasaron un par de horas y seguía durmiendo. Llegó la enfermera y me pregunto si había comido la bebé y respondí que no, que ella estaba durmiendo. Acto seguido, la enfermera me regaña, me dice que hay bebés que no están dormidos, que están desmayados por no comer. Quería morir de la angustia pero todo se solucionó, cuando la niña decidió comer. 

Nos fuimos a nuestra casa y venía lo bueno. La recomendación que se me dio fue que la bebé tenía que succionar de ambos pechos en cada toma. Eso intenté pero era muy incómodo, era como a media comida tener que cambiar de mesa, así que decidí darle de cada una en cada toma. Funcionó de maravilla. 

Con el paso de los días, mis pezones estaban muy lastimados. Me salía sangre y leche al mismo tiempo. Mi hija lloraba de hambre y yo lloraba de saber que me iba a doler mucho cuando ella succionara. Me puse pomada, tome baños de sol con los senos al aire, les di masajes y nada funcionaba. Después de una semana, todo se compuso, como por arte de la naturaleza. 

Mi hija tenía que ir a la guardería porque siempre he sido mamá trabajadora, entonces me hice el propósito de llevare de mi leche porque era la recomendación. Tenía que sacarme leche todo el tiempo, etiquetarla y congelarla, llevarla a la guardería; sacarme la leche en el baño del trabajo en mis descansos o en una escapada, porque ni de chiste tenía horarios de lactancia, poner esa leche en el refrigerador de la oficina, llevar las tomas en una hilera y rogar para que siguieran congeladas al llegar a casa. Claramente, solo resistí dos semanas con ese ritmo. Decidí que mi hija tomara formula en la guardería y al estar conmigo tomara pecho. 

Estaba algo asustada, no sabía si le costaría acostumbrarse o si alguna leche le gustaría más que la otra pero no, se acostumbró de inmediato y yo pude tener una preocupación menos.

Ella y yo, creamos un vínculo maravilloso a través de la lactancia. Su estancia en la guardería me ayudo a saber cómo alimentarla y lo más importante es que todas las mujeres que cuidaban de ella en mi ausencia y yo hicimos un buen equipo. 

Deje de producir leche cuando ella tenía diez meses. Había bajado mucho de peso y estaba en una situación de mucho estrés, mi cuerpo dijo que ya no se podía. Me sentí  triste y decepcionada pero mi hija siempre ha sido muy noble conmigo y no pasó a mayores. Ella seguía pegándose a mi pecho para dormir, aunque hubiera un biberón de por medio. 

Hoy tiene nueve años. Es una niña muy sana, y siempre lo ha sido. Sé que a algunas mamás se les dificulta mucho lactar y que la presión es mucha, le he visto con mis amigas. La gente quiere que lo hagas pero en privado, donde nadie te vea y creo que es justo la intención de darle visibilidad a lactancia: defender nuestros derechos alimentarios, poner sobre la mesa las situaciones laborales de las madres trabajadoras y la libertad de decidir cómo alimentar a lxs bebés. No es un juicio, ni imposición; yo tomé en cuenta las recomendaciones de los especialistas, pero las decisiones las tomé al ir conociendo a mi hija. 

El tiempo que pude lactar lo hice con mucho amor, lactar crea un lazo hermoso, quien me diga lo contrario trate de explicar porqué mi hija sigue buscando mi pecho para dormir.


Chica cool

Por Diana Tapia

Escucho a mi amiga cantar lo más deprimente del pop internacional en la regadera, su voz se mezcla con el sonido del agua cayendo sobre el azulejo del baño. La escuché el viernes cuando llegaba de un bar y tocó a mi puerta llorando a las 5 am; la escuché llorar a otras horas, en su cuarto, en otras fiestas y en otros bares. Me veo en ella, a mí y a otras amigas, llorando en los baños y limpiándonos las lágrimas de la cara antes de salir. Haciéndonos las frías, las que no salen lastimadas, las que no se toman nada a pecho, las que no exageran, jugando tantos años a ser lo que a otrxs les resultara atractivo. Recordé cómo se sentía el peso en la espalda, las mejillas enrojecidas, los ojos húmedos, la voz quebrándose, mi amiga esperándome en la puerta con los brazos abiertos y yo soltándome a llorar en su hombro. En ese momento, ella era yo y muchas otras. Muchxs otrxs, heterosexuales, bisexuales, lesbianas, gays, trans y tantas identidades como corazones rotos. ¿Cómo amar distinto? Sin callar tanto por miedo a no agradar, sin sufrimiento, sin usar y sin sentirnos usadxs. 

Si han visto Perdida (Gone Girl, 2014) recordarán el monólogo de Amy sobre lo que significa ser una chica cool:

Los hombres siempre usan la expresión chica cool como un halago: Ella es una chica cool. Ser una chica cool significa que soy una sexy, brillante y divertida mujer que adora el fútbol, el póquer, los chistes subidos de tono y los eructos; la mujer a la que le gustan los videojuegos y tomar cerveza; la que ama los tríos y el sexo anal, y que come hot dogs y hamburguesas como si fuesen la más exquisita comida del mundo mientras sigue siendo talla chica; porque las chicas cool son, por sobre todas las cosas, sexys. Sexys y comprensivas. Las chicas cool nunca se enojan, ellas sólo sonríen de una manera amorosa para hacerle comprender a sus parejas qué es lo que quieren. Adelante, caga encima de mí, no me molesta porque soy una chica cool.

Me tomó tiempo darme cuenta de que jugábamos a ser la chica cool. No importa si me lastimas, no voy a culparte, yo fui la que se ilusionó; abrimos la relación si para ti está bien, aunque yo no me sienta lista y no intentes ser corresponsable; no voy a molestarme si no le pones un alto a los comentarios machistas de tus amigos, intentaré adaptarme; está bien si nunca respondes cuando te pregunto qué sientes o qué somos y voy a volver a verte si te da por llamarme, no quiero que te sientas presionadx; acepto que respondas con monosílabos cuando hablo de mis sentimientos porque sé que no sabes qué decir y no es tu culpa; estoy bien, no me muestro vulnerable frente a ti porque no quiero que pienses que soy dramáticx. Atrapadas en este círculo, mis amigas y yo volvíamos de nuestras citas con nudos en la garganta.

Hace algunos meses salía con un chico que me gustaba mucho, las cosas iban bien pero me daba cuenta de que él no estaba cómodo cuando hablaba de mis sentimientos o sugería hablar de los nuestros. Varias veces me explicó que para él era difícil hacerlo y yo lo aceptaba, me parecía que se sentía expuesto o vulnerable y empecé a ahorrarme los comentarios cariñosos por miedo a incomodarle o a no recibir respuestas. Regresaba a mi casa intranquila. «Lo hubiera dicho» venía a mi mente cada vez con más frecuencia. En esos días estaba aterrada, ahora lo pienso y me digo: «¿Qué iba a incomodarle? ¡Que le recordara que soy un ser humano y que tengo sentimientos, necesidades e inseguridades!». Lo que más llama mi atención es la forma en la que recuerdo haberme negado las oportunidades para decir lo que sentía. Aún sin hablarlo dije mucho de mis sentimientos, el mensaje que nos envié a ambos fue que lo más importante en la relación era cómo se sentía él y que yo estaba dispuesta a ceder y dejarme de lado. 

Cuando comencé a leer sobre amor libre supe que me quedaba un camino larguísimo de análisis, deconstrucción y trabajo emocional, sin embargo, esta experiencia me dejó las cosas muy claras: no hay amor libre si no puedo expresar mis deseos. Lo que siento, quiero y pienso es importante y merezco ser escuchada. No hay amor libre si me siento limitada en este sentido.

Estoy convencida de que es necesario trabajar en nuestra deconstrucción y tirar el mito del amor romántico, pero también sé que debemos ser amables con nosotrxs y admitir que en el proceso muchas cosas siguen doliendo. Callar lo que sentimos por miedo a incomodar a nuestras parejas también es hacerle la chamba al patriarcado. Amar con libertad no es solo permitir al otrx, es también dejarnos libres a nosotrxs para decir lo que nos duele, lo que no nos gusta, lo que nos hace llorar, lo que nos pone inseguras, lo que podemos dar y lo que no. Basta de justificar la torpeza emocional, si le entramos al poliamor, a las relaciones abiertas o la anarquía relacional que sea con responsabilidad afectiva de todas las partes.

Es pura valentía, amar intentando no controlar ni poseer y al mismo tiempo aceptando nuestras contradicciones y hablando de ellas. Amar tratando de no proyectar mis inseguridades en otrxs, pero sin ocultar que las tengo y que hay momentos en los que salen. Amar dejando que lxs demás sean libres, sin que esto implique limitar lo que soy y siento. Amar siendo conscientes de que entre todas las identidades y formas de reconocernos, el patriarcado y el capitalismo nos atraviesan y nos complican el amor. Imaginar nuevas formas de relacionarnos, desde la creatividad, el respeto, la empatía y la ternura; es resistencia y con ella va la revolución que queremos.  

Sé que no habrá revolución si seguimos llorando a escondidas, llegando a casa con nudos en la garganta, susurrando lo que sentimos para que nuestras parejas no escuchen, pasando noches de confusión en nuestras camas mirando al techo y aceptando hacer el trabajo emocional que les toca a lxs demás. Creo en el amor y en muchas formas de amar, lejos del sacrificio y el sufrimiento, pero unido a la responsabilidad, a la sensibilidad, a la escucha y al amor propio. Sin libertad para ser y sin amor propio, no hay amorlibrenses. 

Es cierto que lxs demxs no están obligadxs a querernos y procurarnos, tampoco se trata de proyectarnos en las personas con quienes nos vinculamos y exigirles llenar nuestros vacíos, pienso que se trata de cuidado. Cuidar de ti para cuidar del otro y cuidar del otro para cuidar de ti. Claro que podemos querer sin esperar ser queridxs, pero permitir que nos lastimen es otra cosa. Está chido querer al otrx en libertad, pero aceptar irresponsabilidades es otra cosa. Se puede querer sin pedir algo a cambio, pero dejar que otrx decida cómo y a dónde va la relación es otra cosa. Poliamor, sí; poli-consumo de cuerpos es otra cosa. Si aceptamos vincularnos con alguien, sin etiquetas o sin monogamia, esto no significa que aceptemos la deshumanización. No somos cuerpos para tomarse y tirarse, aunque la atracción sea solo física, no somos objetos; nos negamos a ser productos porque nos cansamos de las dinámicas de usar y tirar, comprar y vender. 

Cuando estuve con el chico del que hablaba antes, él soltaba frases como «déjate llevar» y yo me quedaba sin respuesta; me parecía que era yo la que no dejaba que la relación siguiera su curso. Después de algunas conversaciones entendí que nunca fue un «déjate llevar», sino algo más como «deja que yo decida cuando lo hablamos». Tamara Tenembaum es una periodista argentina que investiga las formas en que nos relacionamos afectivamente; en una de sus entrevistas señala que frases como «no pensemos tanto, hagamos lo que nos sale naturalmente» invitan a ignorar que estamos atravesados por la cultura, toda nuestra vida, todo el tiempo; lo que vemos como «natural» son mandatos sociales y si no los pensamos  seguimos reproduciéndolos. Frases como «déjate llevar» y «no pensemos tanto» suenan románticas, justo por eso son peligrosas. Una cosa es no estar listx para vincularte con alguien y está bien decirlo, pero hacerle creer a otra persona que no es importante hablar de un tema que involucra sus sentimientos, es chantaje emocional y es irresponsable. Que no nos hagan creer que el amor no se piensa. 

Hace apenas una semana, escuchaba a una psicóloga de mi universidad decir que le entristece que cada vez sea más difícil para sus pacientes diferenciar entre enamoramiento, ansiedad y angustia. ¿Por qué seguimos hablando de amor después de que se ha dicho tanto? Porque seguimos creyendo que duele. El amor no duele; la violencia, la incertidumbre, los acuerdos rotos, las mentiras, el machismo, la misoginia, el sentirnos desechables, la llamada a las 3 am que nos desestabiliza por placer, eso es lo que duele y no es amor. 

Me niego al amor sufrido, egoísta, celoso y sumiso. Me niego a callarme lo que siento por temor a incomodar. Me niego a actuar por obligación. Me niego a hacer el trabajo emocional de otrxs. Me niego a justificar irresponsabilidades, también las propias. Me niego a evitar mostrarme vulnerable. Me niego a creer que el amor no se piensa. Me niego a guardarme las inquietudes. Me niego a que lloremos en soledad, las luchas personales son también políticas y las llevamos juntxs. Y me niego, sobre todo, a ser la chica cool. 

17 minutos de terror

Por: Sandra López

El 10 de mayo aproveché el día libre para ver «Avengers: EndGame»; fui a la función de las 6:00 pm, salí de noche -ni tan noche, eran las 9 pm. La plaza queda a kilómetro y medio de la parada del camión, así que me tuve que ir caminando: a cada paso, me cuidaba de mi alrededor; cualquier coche me causaba inseguridad y ansiedad; volteaba a cada segundo a ver si me seguían; pasaba una bicicleta y aceleraba el paso; pasaban mil cosas por mi cabeza.

Me preguntaba ¿qué pasaría si fuera como los súperheroes que acaba de ver? ¿Si esa sería la única manera en la que me podría defender si algo me pasaba? Agarraba con fuerza la bolsa de cosas que había comprado en la plaza y calculaba si el peso de la bolsa me permitiría defenderme si alguien indeseado se acercaba, porque sabía que yo no era ni «Capitan Marvel» ni «Scarlet Witch» para usar mis poderes en su contra; me preguntaba qué se sentiría salir del cine de noche sin miedo a que te violen, te secuestren o te maten; me preguntaba qué se sentiría tener libertad.

En la mañana me aseguré de no traer ropa «provocativa»: mis leggings tipo jeans y una playera de reptar; inclusive subí una foto de ese outfit al estado del whatsapp, por si las dudas; llegando a la esquina vi una silueta de cabello largo, me tranquilicé, pensé que era una chica. Era un chico metalero que creo que sintió mi miedo porque bajó la mirada… Llegué sana y salva a la parada del camión, me tranquilicé porque había muchas mamás ahí, vi mi celular y de la plaza a la parada fueron sólo 17 minutos: 17 minutos de terror que todas vivimos todos los días.

8 de marzo

Por: Diana Tapia

El ocho de marzo fui a trabajar, me quedaban diez pesos en la bolsa, no elegí hacerlo.

Lavé el baño de la casa antes de irme porque la señora que nos renta dice que solo así mandará al plomero a arreglar la llave de la cocina.

Serví el café a los hombres que invitaron a desayunar a sus esposas para “festejarlas”. Ordenaron por ellas.

Hoy lavé todos los platos, sé que tú también.

Mami, hoy mi huelga empezó a la 1pm y salí a marchar por las dos.

Mientras estaba en la cafetería, entraron tres chicas con pañuelos verdes colgando orgullosos de sus cuellos. Y me puse feliz de saber que la marea me tocaba

Es color verde, mami. Los ríos de agua azul que vemos en el pueblo no se le comparan

Pienso en el pueblo lleno de mujeres fuertes a las que la marea les llega en vasitos de agua

Y pienso en Lola, Graciana y Martha, las abuelas que la usaron para regar sus plantas y hacernos florecer

Yo sé que te preocupa que esta marea de la que tanto hablo no se lleve las huellas de sus botas negras

Pero, mami, los pies de acero son de barro si los ves de cerca

Quédate tranquila que éstos tenis rotos y estas sandalias gastadas también van dejando las nuestras

Y caminan mucho, se tropiezan a diario.

Escucho tu respirar agitado a través del teléfono cuando te cuento de mis caídas, a mi también me agotan

Me preguntas cuando vuelvo.

Va a ser pronto.

No correré con la misma suerte que muchas, mami. No te preocupes.

No corro con la suerte, voy más rápido

¿Te acuerdas cuando me enseñabas a nadar?

Y te alejabas a medida que yo me acercaba para que te siguiera.

Aprendí a nadar siguiéndote.

A caminar también.

Aprendí a correr viéndote.

Sé cómo saltar las olas riéndome porque te ví hacerlo en Sayulita.

Mami, conozco el mundo todos los días a través tuyo.

Sé que te preocupas.

Nos duelen las mismas cosas

Pero mami, me enseñaste a nadar, a caminar, a correr, a saltar en las olas y a reírme.

Voy a estar bien.


Hacerte el amor en tiempos de tinder…la playlist.

Amigues, en plena era del tinder y de citas que se trasforman en pesadillas, les traigo la mejor playlist para hacer el amortsss, primero tenemos que recordar que para hacer este místico acto de placer, se necesita la auto exploración, dejen que su dedos se deslicen a este maravilloso mundo del gemido y de la cosquillita vaginal

Antes de empezar te recordamos que lavar manos, es muy importante, la protección ante todo, acomodar tu set del amor, se valen velas, lencería y todo aquello que te haga sentir sensual, es una cita contigo misma y recuerda que esa es la persona con quien te tienes que sentir bien.

Enjoy!

A propósito de la higiene menstrual

Por: Aurora

Según la «Guía de implementación sobre el manejo de la Higiene menstrual» (UNICEF Bolivia, 2017) el manejo de la higiene menstrual significa que cada mujer tiene acceso a un material limpio y a un espacio privado donde pueda llevar a cabo su limpieza en el periodo de menstruación, además de contar con los insumos necesarios de higiene como el agua y jabón. En la parte emocional, es un tema natural y común entre la sociedad, donde se fomenta la confianza de las mujeres al ser guiadas, desde niñas, para hablar sobre sus necesidades durante el periodo menstrual. Esto con la finalidad de que las mujeres gocen de una vida con calidad, derecho que cualquier individuo tiene.

De forma práctica, esto dista mucho de la realidad de algunas mujeres ya que de la parte emocional, el camino que hemos llevado como sociedad ha formado mujeres inconformes con su ser, que se asquean al ver su sangre derramada en el «material limpio», el cual entra en contacto con el oxígeno del medio ambiente, (proceso de oxidación totalmente natural en la descomposición de la sangre) provocando infecciones y mal olor.

Una propuesta que he comprobado que sirve bastante para ayudar a las mujeres dispuestas a re-dignificar su menstruación,  es el uso de la copa menstrual en conjunto con el acompañamiento de una mujer/amiga/hermana/compañera/asesora que con su experiencia como usuaria, refuerce la confianza en nosotras para mejorar nuestra calidad de vida.

Creo que una  mujer que ha mejorado su higiene menstrual aprende a ver la naturalidad de su sangre,  conciencia que genera pensamientos encontrados; por un lado, mirar al pasado y darte cuenta del tiempo que se vivió usando una toalla desechable incomoda, ¿resignada a vivir así?, además de la basura que se generó en ese tiempo y como se pudo haber evitado al conocer desde el principio este invento; por otro lado, al visualizar un futuro donde las millones de mujeres actualmente en edad reproductiva sean usuarias de la copa menstrual y enseñen a sus hijas a usarla en sus primeros periodos, ya que éstas tendrían la educación por parte de sus madres para ver la menstruación de una manera natural.

Me las imagino haciéndose sus mascarillas, regando sus plantas, cultivando y volviendo a ser, desde pequeñas, madres de la tierra que buscan mejorar este medio ambiente. Si todas lo hiciéramos, si nos aventuráramos a conocer el mejor manejo de la menstruación más allá del tabú, creo que podríamos cambiar una parte de este mundo.

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No siempre fui una buena hija

Redacción Girl Power

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Cuando era niña, vivía enamorada de mi papá. Él era mi héroe y mi todo. A mis 13 años, mi madre tomó la decisión de divorciarse de mi padre. Ese era el inicio de la etapa del terror, estuve enojada con ella por años. ¡Vaya atrevimiento!

Los años pasaban y el desastre era una constante en nuestra vida: peleas, reclamos, rebeldía, depresiones y muchas heridas. Hice a mi madre derramar muchas lágrimas y la lastimé. Durante ese tiempo, me escudé en mis ganas de comerme el mundo para hacer lo que quería sin miramientos.

Cuando me convertí en madre, entendí algunas cosas; sin embargo, fue el feminismo el que me puso de frente la realidad de mi madre.

Ni mi padre es un héroe, ni mamá un ogro.

Mi mamá trabajo años cuidando de la vida de mi hermana y mía sin recibir un centavo. Y no, mi mamá jamás se ha quejado de eso, pero yo puedo ver que nos dedicó sus años de juventud.

Mi mamá hizo a un lado sus sueños por nosotras. Es claro que nos ama, pero ahora no puedo negar que me hubiera gustado ver a la mujer que hubiera sido si no hubiera tenido que cuidar de sus hijas.

Mi mamá sorteó las carencias económicas, emocionales, afectivas y profesionales, todo mientras cuidaba de una niña y una adolescente problemática. Ella no tuvo soportes de ningún tipo durante nuestra crianza.

El feminismo me hizo ver que mi mamá no se realizó profesionalmente, ni tuvo un matrimonio bueno. Me hizo ver las veces que ella lloró en silencio para no alarmar a nadie y, desde luego, lo injusta que fui con ella.

Hace unas semanas, supe que mi madre no es eterna; de algún modo lo es, pero su cuerpo terrenal, no. Y a pesar de que llevo años intentando resarcir el daño, tal vez no sea suficiente. Lo que queda por hacer es seguir cuestionando nuestras relaciones, modificándolas y por supuesto, sanar.

Hoy es un buen día para dejar de romantizar el trabajo de las madres y el cuidado de la vida. No hay un instinto materno, el amor a tus hijxs no es mágico ni instantáneo. Las madres no tienen superpoderes, lo que tienen es una explotación por parte de la familia. Es un buen momento para reflexionar y ver nuestra relación con nuestras madres, empezar a quitarle responsabilidades que no le pertenecen. Por último, dejemos de decir que muchas familias mexicanas viven en un «matriarcado», cuando a lo que se refieren es a que delegaron un montón de responsabilidades a sus madres y las dejaron sin escapatoria.

Te amo, mamá.