Chica cool

Por Diana Tapia

Escucho a mi amiga cantar lo más deprimente del pop internacional en la regadera, su voz se mezcla con el sonido del agua cayendo sobre el azulejo del baño. La escuché el viernes cuando llegaba de un bar y tocó a mi puerta llorando a las 5 am; la escuché llorar a otras horas, en su cuarto, en otras fiestas y en otros bares. Me veo en ella, a mí y a otras amigas, llorando en los baños y limpiándonos las lágrimas de la cara antes de salir. Haciéndonos las frías, las que no salen lastimadas, las que no se toman nada a pecho, las que no exageran, jugando tantos años a ser lo que a otrxs les resultara atractivo. Recordé cómo se sentía el peso en la espalda, las mejillas enrojecidas, los ojos húmedos, la voz quebrándose, mi amiga esperándome en la puerta con los brazos abiertos y yo soltándome a llorar en su hombro. En ese momento, ella era yo y muchas otras. Muchxs otrxs, heterosexuales, bisexuales, lesbianas, gays, trans y tantas identidades como corazones rotos. ¿Cómo amar distinto? Sin callar tanto por miedo a no agradar, sin sufrimiento, sin usar y sin sentirnos usadxs. 

Si han visto Perdida (Gone Girl, 2014) recordarán el monólogo de Amy sobre lo que significa ser una chica cool:

Los hombres siempre usan la expresión chica cool como un halago: Ella es una chica cool. Ser una chica cool significa que soy una sexy, brillante y divertida mujer que adora el fútbol, el póquer, los chistes subidos de tono y los eructos; la mujer a la que le gustan los videojuegos y tomar cerveza; la que ama los tríos y el sexo anal, y que come hot dogs y hamburguesas como si fuesen la más exquisita comida del mundo mientras sigue siendo talla chica; porque las chicas cool son, por sobre todas las cosas, sexys. Sexys y comprensivas. Las chicas cool nunca se enojan, ellas sólo sonríen de una manera amorosa para hacerle comprender a sus parejas qué es lo que quieren. Adelante, caga encima de mí, no me molesta porque soy una chica cool.

Me tomó tiempo darme cuenta de que jugábamos a ser la chica cool. No importa si me lastimas, no voy a culparte, yo fui la que se ilusionó; abrimos la relación si para ti está bien, aunque yo no me sienta lista y no intentes ser corresponsable; no voy a molestarme si no le pones un alto a los comentarios machistas de tus amigos, intentaré adaptarme; está bien si nunca respondes cuando te pregunto qué sientes o qué somos y voy a volver a verte si te da por llamarme, no quiero que te sientas presionadx; acepto que respondas con monosílabos cuando hablo de mis sentimientos porque sé que no sabes qué decir y no es tu culpa; estoy bien, no me muestro vulnerable frente a ti porque no quiero que pienses que soy dramáticx. Atrapadas en este círculo, mis amigas y yo volvíamos de nuestras citas con nudos en la garganta.

Hace algunos meses salía con un chico que me gustaba mucho, las cosas iban bien pero me daba cuenta de que él no estaba cómodo cuando hablaba de mis sentimientos o sugería hablar de los nuestros. Varias veces me explicó que para él era difícil hacerlo y yo lo aceptaba, me parecía que se sentía expuesto o vulnerable y empecé a ahorrarme los comentarios cariñosos por miedo a incomodarle o a no recibir respuestas. Regresaba a mi casa intranquila. «Lo hubiera dicho» venía a mi mente cada vez con más frecuencia. En esos días estaba aterrada, ahora lo pienso y me digo: «¿Qué iba a incomodarle? ¡Que le recordara que soy un ser humano y que tengo sentimientos, necesidades e inseguridades!». Lo que más llama mi atención es la forma en la que recuerdo haberme negado las oportunidades para decir lo que sentía. Aún sin hablarlo dije mucho de mis sentimientos, el mensaje que nos envié a ambos fue que lo más importante en la relación era cómo se sentía él y que yo estaba dispuesta a ceder y dejarme de lado. 

Cuando comencé a leer sobre amor libre supe que me quedaba un camino larguísimo de análisis, deconstrucción y trabajo emocional, sin embargo, esta experiencia me dejó las cosas muy claras: no hay amor libre si no puedo expresar mis deseos. Lo que siento, quiero y pienso es importante y merezco ser escuchada. No hay amor libre si me siento limitada en este sentido.

Estoy convencida de que es necesario trabajar en nuestra deconstrucción y tirar el mito del amor romántico, pero también sé que debemos ser amables con nosotrxs y admitir que en el proceso muchas cosas siguen doliendo. Callar lo que sentimos por miedo a incomodar a nuestras parejas también es hacerle la chamba al patriarcado. Amar con libertad no es solo permitir al otrx, es también dejarnos libres a nosotrxs para decir lo que nos duele, lo que no nos gusta, lo que nos hace llorar, lo que nos pone inseguras, lo que podemos dar y lo que no. Basta de justificar la torpeza emocional, si le entramos al poliamor, a las relaciones abiertas o la anarquía relacional que sea con responsabilidad afectiva de todas las partes.

Es pura valentía, amar intentando no controlar ni poseer y al mismo tiempo aceptando nuestras contradicciones y hablando de ellas. Amar tratando de no proyectar mis inseguridades en otrxs, pero sin ocultar que las tengo y que hay momentos en los que salen. Amar dejando que lxs demás sean libres, sin que esto implique limitar lo que soy y siento. Amar siendo conscientes de que entre todas las identidades y formas de reconocernos, el patriarcado y el capitalismo nos atraviesan y nos complican el amor. Imaginar nuevas formas de relacionarnos, desde la creatividad, el respeto, la empatía y la ternura; es resistencia y con ella va la revolución que queremos.  

Sé que no habrá revolución si seguimos llorando a escondidas, llegando a casa con nudos en la garganta, susurrando lo que sentimos para que nuestras parejas no escuchen, pasando noches de confusión en nuestras camas mirando al techo y aceptando hacer el trabajo emocional que les toca a lxs demás. Creo en el amor y en muchas formas de amar, lejos del sacrificio y el sufrimiento, pero unido a la responsabilidad, a la sensibilidad, a la escucha y al amor propio. Sin libertad para ser y sin amor propio, no hay amorlibrenses. 

Es cierto que lxs demxs no están obligadxs a querernos y procurarnos, tampoco se trata de proyectarnos en las personas con quienes nos vinculamos y exigirles llenar nuestros vacíos, pienso que se trata de cuidado. Cuidar de ti para cuidar del otro y cuidar del otro para cuidar de ti. Claro que podemos querer sin esperar ser queridxs, pero permitir que nos lastimen es otra cosa. Está chido querer al otrx en libertad, pero aceptar irresponsabilidades es otra cosa. Se puede querer sin pedir algo a cambio, pero dejar que otrx decida cómo y a dónde va la relación es otra cosa. Poliamor, sí; poli-consumo de cuerpos es otra cosa. Si aceptamos vincularnos con alguien, sin etiquetas o sin monogamia, esto no significa que aceptemos la deshumanización. No somos cuerpos para tomarse y tirarse, aunque la atracción sea solo física, no somos objetos; nos negamos a ser productos porque nos cansamos de las dinámicas de usar y tirar, comprar y vender. 

Cuando estuve con el chico del que hablaba antes, él soltaba frases como «déjate llevar» y yo me quedaba sin respuesta; me parecía que era yo la que no dejaba que la relación siguiera su curso. Después de algunas conversaciones entendí que nunca fue un «déjate llevar», sino algo más como «deja que yo decida cuando lo hablamos». Tamara Tenembaum es una periodista argentina que investiga las formas en que nos relacionamos afectivamente; en una de sus entrevistas señala que frases como «no pensemos tanto, hagamos lo que nos sale naturalmente» invitan a ignorar que estamos atravesados por la cultura, toda nuestra vida, todo el tiempo; lo que vemos como «natural» son mandatos sociales y si no los pensamos  seguimos reproduciéndolos. Frases como «déjate llevar» y «no pensemos tanto» suenan románticas, justo por eso son peligrosas. Una cosa es no estar listx para vincularte con alguien y está bien decirlo, pero hacerle creer a otra persona que no es importante hablar de un tema que involucra sus sentimientos, es chantaje emocional y es irresponsable. Que no nos hagan creer que el amor no se piensa. 

Hace apenas una semana, escuchaba a una psicóloga de mi universidad decir que le entristece que cada vez sea más difícil para sus pacientes diferenciar entre enamoramiento, ansiedad y angustia. ¿Por qué seguimos hablando de amor después de que se ha dicho tanto? Porque seguimos creyendo que duele. El amor no duele; la violencia, la incertidumbre, los acuerdos rotos, las mentiras, el machismo, la misoginia, el sentirnos desechables, la llamada a las 3 am que nos desestabiliza por placer, eso es lo que duele y no es amor. 

Me niego al amor sufrido, egoísta, celoso y sumiso. Me niego a callarme lo que siento por temor a incomodar. Me niego a actuar por obligación. Me niego a hacer el trabajo emocional de otrxs. Me niego a justificar irresponsabilidades, también las propias. Me niego a evitar mostrarme vulnerable. Me niego a creer que el amor no se piensa. Me niego a guardarme las inquietudes. Me niego a que lloremos en soledad, las luchas personales son también políticas y las llevamos juntxs. Y me niego, sobre todo, a ser la chica cool.