Corazón azteca, tinta andina.

Por Michelle Angell

Capítulo uno: Pasaportes verdes y rojos

Las ruedas del bus, como había aprendido a decirle a lo que en México vulgarmente se conocía como camión, se unían con el asfalto mientras los kilómetros recorridos aumentaban y la luna descendía.

Las cuatro menos diez. Desde mi ventana observaba el verde y amarillo fundirse en un óleo puntillista que se antojaba etéreo. La brisa del Lago Titicaca se respiraba aún dentro del vehículo, mismo que para transitar las carreteras entre Perú y Bolivia en la década de los 2010 ya rechinaba al son de lo arcaico. 

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A través del vidrio busqué el ángulo perfecto con el lente de mi 35 mm. Una nostálgica completa. Quería que todo oliera a fotos viejas y páginas amarillas. Habíamos quedado de encontrarnos un poco después de la frontera entre ambos países, por puro capricho de no presentar nuestros pasaportes al mismo tiempo frente a la autoridad.

El suyo rojo, el mío verde. Los nervios provocaban un escozor entre las yemas de mis dedos que me obligaban a triturar la piel con los dientes. En mis audífonos, sonaba Daniela Spalla, “una chica” –como también había aprendido a llamarles a las mujeres en mi paso por Sudamérica– argentina que habíamos descubierto Sara y yo en la recepción de un hostal en Cusco. 

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Spalla escupía verdades en sus versos, mientras nosotras fantaseábamos con que ella misma había compartido felicidad, intelecto y la cama con un par de imbéciles en el camino. 

Mi bota pegada al asiento de enfrente producía una especie de melodía inquieta, mientras trataba de cantar la letra de la canción y no concentrarme en mi próximo encuentro. 

La primera vez que lo vi fue en un bar. Un bar de jazz que estaba atiborrado de extranjeros, argentinos principalmente. Yo estaba nerviosa. Me senté en la barra para no verme tan sola y pedí una cerveza. La deliciosa Cusqueña Negra resbaló por mi garganta. Mi muslo derecho estaba recargado en el izquierdo, mientras mi tobillo golpeaba la mesa, a su propio ritmo, como si no perteneciera a mi cuerpo. Esperé. Conté hasta diez en orden ascendente y descendente. Las historias de otras almas se desplegaban frente a mí. Las personas entraban en la habitación y salían en un cerrar de ojos. En los rostros se dibujaba un futuro que apenas se estaba escribiendo; extranjeros conociéndose. 

Yo esperé y mi tobillo continuaba moviéndose, como el humo que se se desprendía de mis pulmones y viajaba por mis labios hacia la luz fluorescente. 

Se apagaron las luces y la habitación despertó. El tintineo de los hielos rebotando contra el metal del shaker marcaba el beat de la noche. La banda comenzó a tocar. A cantar sobre amores perdidos. El sabor del whisky y del jazz entre los dientes y bajo la lengua.

Dos notas de bajo, un labio que se salió de la prisión de un beso, libre. Mis dedos seguían el compás del platillo en la superficie de la mesa. Y entonces se acercó.