Pude haber sido yo...pt. 2

Anonimo

Parte 1

Una noche tuve que regresar a la oficina por unos papeles y no se encontraba ya ninguno de mis compañeros para acompañarme. Al no saber en un tiempo de él, pude salir un poco tranquila a la calle, aunque me daba miedo tomar un taxi sola y a esa hora. Me sorprendí al ver salir su coche de la pequeña calle que estaba a la vuelta de mi trabajo. Me estaba vigilando. Se paró a un lado de mí y me dijo que si quería me llevaba a mi casa, que no me arriesgara así. Lo vi tranquilo y la soledad de la calle me asustaba, no tenía a quien hablarle para que fuera por mí, por lo que le dije que sí. Al menos que me dejara en una avenida más transitada, ya vería la manera de darle cortón. 

Al subirme a ese vehículo y cerrar la puerta, me llegó un olor a alcohol. Volteé al asiento de atrás y había muchas latas de cerveza consumidas y aplastadas y lo volteé a ver. El reflejo del alumbrado hacía notar sus ojos vidriosos de que llevaba horas bebiendo. Al ver que dio vuelta a la avenida en un sentido que no era hacía mi casa y que empezó a aumentar la velocidad, mi corazón comenzó a latir como nunca. Sentí lo que era verdadero terror cuando me dijo: «¿Te pusiste pendeja todo este tiempo, verdad? Ahora sí me vas a conocer». Quedé congelada en ese asiento. Comencé a pensar en mi mamá, en mi hermana, en mis amigos, en mi universidad, en todas las cosas que no conocería si no hacía algo en ese momento. En lo que me iba a hacer si permitía que llegara a su destino, el cual hasta la fecha desconozco. 

No sé si decir que fue algo que emergió desde mis entrañas, o si la supervivencia la traemos por instinto. Sólo hice un nudo en mi puño con la correa de mi morral, y con la otra mano tomé su brazo y me abalancé sobre él. Con el pequeño morral le di un golpe en la cara y le di la mordida más fuerte que pude. No me importó si teníamos un accidente. Mi corazón me decía que si llegábamos a donde me llevaba, iba a ser mucho peor. Perdió control sobre el vehículo unos segundos, por lo que se orilló. En lo que se tallaba los ojos, abrí la puerta para salir, pero me tomó por el cabello y me regresó. Me tomó con su brazo por atrás y lo apretó en mi cuello, sentí que me faltaba aire. Con la mano que tenía libre, saqué la llave del switch, la tiré y le piqué los ojos.  Aflojó su brazo y me pude zafar, empecé a gritar desde el auto. Para mi suerte no se percató que quedamos frente a una esquina llena de gente esperando el último autobús. Nadie acudió a ayudarme, pero momentos después supe que alguien tuvo la compasión de hablar al servicio de emergencias. 

No sé cuánto tiempo estuvimos ahí, pues me parecieron segundos. Al bajar de ese maldito vehículo, iban llegando dos unidades de policía. Uno de los oficiales se impresionó al verlo, pues lo conocía, y trató de tranquilizarlo. El otro oficial se encargó de ver que yo estuviera bien, y me preguntó si quería proceder. Y en parte pensé que no podría, pues quien tenía lesiones visibles era él, y me la podría voltear. Le dije que no, sólo quería llegar a mi casa. Y así lo hice. Sólo llegué a contarle a mi madre parte de lo que pasó, pues no quería preocuparla más de lo que ya estaba. 

Tuve que reforzar mis «medidas» en un lapso de un mes; afortunadamente había terminado la carrera y salió una oferta de trabajo en otro municipio, por lo que sin dudarlo la acepté. Ni siquiera eso fue obstáculo para que terminaran las llamadas, las amenazas, aunque ya en menor grado. 

Meses después conocí a alguien y tuve la mala suerte de que este tipejo se enterara. Llamó una mañana diciendo que pobres de nosotros donde nos encontrara, pues no nos la íbamos a acabar. Ese día decidí denunciar ya ante una autoridad, pues estaba harta. Tuve una montaña rusa de emociones: salí desde la mañana de mi casa con la esperanza de que estaría protegida legalmente y lo terminé con mucha decepción. Recorrí 5 agencias del ministerio público (en ese entonces), y en 4 me dijeron que mi denuncia no podía proceder por amenazas. ¿Que por qué no conciliaba mejor? Incluso una licenciada (sí, una mujer) me dijo: «Para qué quieres proceder, ustedes se lo buscan», agregando que en esos mensajes ella no veía ninguna amenaza, a pesar de que le hice saber que el monstruo ese sabe usar armas de fuego. No sé si quería leer la descripción paso a paso de lo que me quería hacer para considerarlo realmente así.

Procedió mi denuncia y no se presentó a la audiencia programada. Fui con copia de la denuncia con su jefe, a quien ya conocía, y lo puse al tanto de la situación; después, me dijo que este tipo se hizo el que no sabía nada, y que dijo que no entendía por qué le estaba haciendo todo eso si él sólo me deseaba lo mejor. Aparentemente así concluyó su acoso hacia mí, pero supe por mis ex compañeros de trabajo que en cuanto me fui de ahí, este tipo comenzó a contar cosas mías, a decir que yo era una prostituta de lo peor, una alcohólica, una drogadicta, e infinidad de tonterías. 

He ido a terapias y grupos; he platicado esto con gente de mucha confianza y siempre llego a lo mismo: «No puedo perdonar». He soltado muchas cosas, pero en este excepcional caso: 

-Me permito el no perdonar, a pesar de lo liberador que dicen que es. No puedo ser inmune o hacer como si no hubiera vivido una de las experiencias más horribles de mi vida y conocido un ser tan vil y bajo como ese. 

Me alejé de todo eso cuanto me fue posible, e incluso es una época de mi vida que intentaba bloquear, pues me daba asco y vergüenza todo eso que viví. Me preguntaba: «¿Por qué a mí? ¿Cómo era posible que existiera gente así de miserable?». Han pasado casi 15 años de eso y no encontraba sentido hasta hace un par de años; he escuchado testimonios de mujeres valiosísimas, hermosas, como tú o como yo, que han pasado por un calvario similar a este, a veces peor. Mujeres que tienen miedo de que les vuelvan a poner una mano encima, que se comen las uñas de miedo, que las chantajean con lo que van a enseñar de ellas si no ceden a sus porquerías; mujeres que llegan con prisa a su casa porque: «pobres de ellas donde no contesten a tal hora». Y tengo el infortunio de leer acerca de mujeres que pudieron vivir todas las anteriores, y ya no están entre nosotras para contarlo. 

Mujer: ¡No hay celos bonitos! ¡No hay celos porque te quieren! Lo que empieza como una «sugerencia» puede acabar en imposición. Si te dice «sin ti me muero», de verdad son tan cobardes que ni eso hacen, y si lo hacen no es tu problema. Si dices «¡No!» es «¡No!». Tú eres libre de pensar y decir lo que quieras, a vivir como quieras porque así naciste: libre.

Comparto este testimonio para poder decir #NiUnaMás por las que ya no pueden hacerlo, por las que no tienen que pasarlo, por mi hija, por ti.