Pude haber sido yo...pt.1

Anonimo

«Pude haber sido yo» fue el primer pensamiento que me atravesó acabando de leer esa nota en la que su pareja había pasado días negando que no sabía dónde estaba ella, hasta que la encontraron afuera de su casa, bajo unas tablas y cubierta de cal.
Una sensación de estremecimiento, acompañada de náusea, se manifiesta en mí cada vez que leo notas de similar contenido. Porque en eso se convierten esas historias de abuso: en notas periodísticas para un relleno de algún portal de noticias, que son leídas y prontamente olvidadas para dar paso a las que sigan. Porque esto no es nuevo, y siguen sin parar.

Para mí, se convierten en una máquina del tiempo al pasado; en portales dimensionales de futuros paralelos que pudieron ser mi historia. Hay un hecho en específico que representa un vértice, una fina membrana de lo que pudo haber sido de mí si no me hubiera defendido esa noche.

Tenía sólo 21 años cuando lo conocí en mi primer trabajo. Era seis años más grande que yo y no era guapo, pero su trato y su cuidado hicieron que me animara a decirle que sí. He estado enamorada solamente una vez en mi vida, y esa no fue la ocasión. Fueron un par de meses de risas y buenos momentos, hasta el día que se le ocurrió pronunciar un inofensivo (en ese entonces lo vi así):

- No me gustan tus amigos.

Nunca medí el impacto de esa frase, ni que sería la punta de flecha en meses insoportables de control y manipulación. Siguieron las salidas de la escuela y él esperándome sin habérselo pedido; después, las revisiones a mi teléfono, argumentando que todo esto era porque «le preocupaba que estuviera bien». Después, empezaron las prohibiciones de hablarle a casi cualquier hombre que conociera, así como de salir con mis amigas porque de seguro sólo iba a salir a «putear»; hasta llegar a los empujones y los insultos por la vez que uno de mis mejores amigos me habló por teléfono porque necesitaba un consejo.

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Cuando eso pasó, le puse un alto y le dije que terminábamos. Lloró desesperado, diciéndome que se iba a matar porque «sin mí no era nada». No cedí.  Horas después se encargó de que sus amigos me hicieran saber que lo habían encontrado recién suspendido de un mecate en el patio de su casa y lo alcanzaron a salvar. Por lástima y quizá por un poco de culpa, cedí nuevamente a sus chantajes, esperando que en cuanto estuviera bien comprendiera que eso no podía continuar así.

Pero sucedió todo lo contrario. Fue peor: ahora estaba afuera de mi salón esperándome en las noches, por lo que opté por salirme mucho antes de clases para no encontrarlo. Se quedaba afuera de mi casa a esperarme, ahogado en alcohol, hasta que mis vecinos me pedían que arreglara ese desfiguro, pues no se iba hasta que saliera. Una vez salí con mi grupo de la universidad y, en un transcurso de 5 horas, recibí 72 llamadas telefónicas y 47 mensajes de texto llenos de amenazas, insultos y escenarios recreados de mí con otros hombres en su enferma mente. Después de eso, al llegar a casa le devolví la llamada y le dije que pensara e hiciera lo que quisiera, que ya no quería volver a verlo en mi vida. Creí que eso sería suficiente, pero no. Fueron meses de estarme marcando todos los días hasta 30 veces. Mis amigos estaban hartos de verme con miedo y lo corrieron de la universidad una vez que lo vieron;  no regresó, al menos ahí. No salía de mi casa más que a trabajar. Me vi en la penosa necesidad de pedir ayuda a mi jefe del trabajo, quien pidió a algunos compañeros que me acompañaran hasta mi vehículo o a tomar un taxi cuando me quedé sin éste. Y le tuve que contar todo a mi madre, quien me apoyó en todo momento. A ella también le faltó al respeto por teléfono, diciéndole que no importaba qué tanto hiciera ella, que él y yo íbamos a estar juntos.

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Una noche tuve que regresar a la oficina …continúa